¿El final de Europa tal como la conocemos?

Luis Fontes de Albornoz

La economía de la eurozona se encuentra en una situación de estancamiento secular. Los desafíos fiscales, monetarios y bancarios crecen imparablemente, y se suman nuevas amenazas, entre las que cabe destacar el Brexit, el cuestionamiento del área Schengen, el crecimiento de la oposición anti-UE y las desavenencias geopolíticas entre sus miembros. Europa está al borde del precipicio, no es una exageración.

Según Dan Steinbock, Bruselas ya no puede dilatar más la toma de decisiones políticas sobre reformas estructurales de calado y una mayor integración europea, con la creación de instituciones comunes verdaderamente empoderadas. O bien, deshacer el camino andado, con las consecuencias que ello conlleva.

Dan Steinbock es un reconocido analista global, fundador del Difference Group. Asesora a varias empresas líderes sobre riesgos globales y es columnista en The Project Syndicate y otros medios internacionales. Su análisis se suele caracterizar por un cierto sesgo “contrarian” (a contracorriente). 

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Dan Steinbock (The Difference Group) via Zero Hedge

Desde 2010, los líderes europeos han estado posponiendo la toma de decisiones duras. A veces, ha habido razones políticas detrás de estos retrasos. Sin embargo, los tiempos de crisis requieren de un liderazgo fuerte.

Económicamente, una política que dilata decisiones necesarias puede revestir la apariencia de continuidad en el corto plazo. Pero políticamente, mantener el status quo de una integración europea sin instituciones verdaderamente comunes, debidamente empoderadas, es insostenible. Estratégicamente, este estado de cosa ha dado lugar a políticas militares erróneas que amenazan con socavar lo que queda de unidad en la región.

El tiempo apremia y más retrasos no es una opción

De contracción cíclica a estancamiento secular

Los números no suscitan ningún entusiasmo. Aunque en la eurozona se está dando una frágil recuperación cíclica, casi no hay oxígeno dado que el crecimiento trimestral real del PIB es de apenas el 0,3% y la inflación cercana al cero. Después de un lustro de penurias económicas, la región se afana por conseguir un crecimiento del 1,5%. En la próxima década, la proyecciones indican que este crecimiento se ralentizará hasta el 1%.

Cuando la crisis financiera global golpeó a Europa, sus principales economías –Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia- contaban con modelos sociales relativamente generosos que ofrecían protección, posponiéndose la toma de decisiones sobre la adopción de reformas estructurales. En primavera de 2010, aún se pensaba que la crisis de le deuda soberana europea era una crisis de liquidez y una crisis bancaria. Cuando Bruselas lanzó el plan de salvamento de 770 mil millones de euros, se pensaba que sería suficiente para dar  estabilidad a la eurozona.

Sin embargo, Bruselas y las economías principales no supieron acometer la necesaria adecuación fiscal, por lo que se deterioraron fuertemente las cifras de desempleo y se penalizó a la confianza, la demanda y la inversión, lo que aún perdura actualmente. Hoy en día, la tasa de desempleo ha bajado al 10,3% en la eurozona (y al 8,9% en la UE). Pero las cifras de paro laboral siguen siendo muy altas y el desempleo juvenil es tremendamente elevado en los países en crisis, como Grecia (48%), España (45%) e Italia (39%(). En el futuro, Europa deberá hacer frente a una “generación perdida”.

Inicialmente, las pequeñas economías en crisis (Grecia, Portugal) fueron consideradas como “excepciones”, pues consideradas en conjunto  ni siquiera alcanzaban al 3% del PIB de la eurozona. A medida que la crisis se extendió a Italia y España y las economías en dificultades sumaron casi el 30% de la economía de la eurozona, los planes de rescate dejaron de ser una opción viable. Pero aunque la urgencia de acometer reformas estructurales es cada vez más apremiante, se sigue posponiéndolas en el tiempo.

¿Ha habido realmente un desendeudamiento de las economías? La verdad es que no, a pesar de la retórica de austeridad. Medido en términos de porcentaje sobre el PIB de la eurozona, el endeudamiento bruto del sector público subió desde el 70% al 93% en 2013. Sigue en niveles realmente en niveles de vértigo en Grecia (169%) y Portugal (130%) y excesivamente altos en Italia (135%) y Francia (135%), e incluso en España (98%).

Si Bruselas hubiera hecho frente en 2010 al conjunto de amenazas fiscal, monetaria, de liquidez, bancaria y de competitividad, hubiera estado mucho mejor posicionada para hacerlo. La UE gozaba entonces de mayor fuerza económica, mayor unión política y alineamiento estratégico. Ahora que debe afrontar nuevos retos, es más débil económicamente, está más polarizada política y estratégicamente. Todo ello no augura nada bueno para el futuro

El fin de Europa – Nuevas amenazas

El “Brexit”

En febrero, el Primer Ministro Cameron alcanzó un acuerdo con los ministros de la UE sobre la reforma de las condiciones para que el  Reino Unido permanezca dentro la UE. El referéndum británico sobre la permanencia o salida de la UE tendrá lugar el próximo 23 de junio. En los medios de comunicación, la cuestión de la permanencia en la UE se ha visto desbordada por cuestiones de política interna sobre la época post-Cameron. Cuando el alcalde de Londres Boris Johnson dio su apoyo a la salida de la UE, se convirtió en el favorito de los activistas tories para liderar el partido conservador. Mientras tanto, la libra esterlina se ha desplomado hasta mínimos de siete años contra el dólar. Si el Brexit se materializa, esto es solo un aperitivo de lo que está por llegar. La sorpresiva dimisión de Ian Duncan Smith, Secretario de Trabajo y Pensiones en el Gobierno Cameron, ha asestado un duro golpe a Cameron, aunque tal vez tenga que ver más con sus ambiciones personales que con su postura anti UE.

Los críticos anti UE sostienen que al Reino Unido le afecta muy negativamente la excesiva regulación de Bruselas y los sucesivos rescates de los países financieramente frágiles. Por el contrario, los partidarios de permanecer en la UE creen que el Reino Unido saca grandes beneficios de la facilidad para hacer negocios en el gran mercado de la UE, del flujo de emigrantes jóvenes que compensa el envejecimiento de la población local y de la contribución de la UE a la seguridad nacional.

Las nuevas condiciones de permanencia en la UE, negociadas por Cameron, contempla el rechazo de inmigrantes que constituyan una amenaza para la seguridad, una limitación de las prestaciones sociales a favor de trabajadores inmigrantes de otros países de la UE y el reembolso de posibles contribuciones británicas a futuros rescates financieros dentro de la eurozona. Otras medidas negociadas permitirán al Reino Unido bloquear la entrada en vigor de nuevas regulaciones. El año pasado el Reino Unido ganó un importante litigio contra una decisión del BCE, que obligaba a que las transacciones financieras dentro de la eurozona se liquidasen dentro de la misma, lo que perjudicaba a los bancos británicos contra sus competidores continentales.

A pesar de que las encuestas dan resultados más o menos igualados, no cabe duda de que los aspectos positivos de la pertenencia a la UE serán utilizados por los partidarios del status quo como prueba de que el Reino Unido y la City solamente pueden prosperar dentro de la UE. Pero al convocar el referéndum, Cameron no solamente ha abierto la caja de Pandora a un posible Brexit sino que también ha causado una gran sacudida a los cimientos de la UE, que corre el riesgo de perder a una de sus principales economías, a un gran contribuyente al presupuesto, a un centro financiero global y a un actor clave en el sector de la defensa. Potencialmente, este proceso puede dar lugar a una espiral de repercusiones negativas dentro de la UE.

Cuestionamiento de Schengen

Aunque fueron necesarios 25 años para consolidar el Tratado de Schengen, que abolió las fronteras internas dentro de la UE, ha bastado un solo año, desde que se agudizó la crisis migratoria, para que su existencia se vea amenazada. Este replanteamiento existencial comenzó con la llegada masiva de 1,2 millones de refugiados, en su mayoría desde Siria, y se intensificó tras los atentados terroristas del Estado Islámico en Paris. A medida que algunos países de la UE comenzaban a restablecer temporalmente  controles fronterizos, el Consejo Europeo propuso introducir importantes modificaciones en el Tratado. A medida también que escalaba la crisis de refugiados, se intensificaron las divisiones entre los Estados miembros de la UE situados a lo largo de la ruta de inmigración, en un verdadero efecto dominó.

Tras una afluencia masiva de inmigrantes en el sur de Alemania desde Hungría, a través de Austria, Alemania reimpuso los controles fronterizos con Austria. A su vez, Austria comenzó a limitar el tráfico rodado y ferroviario con Hungría, mientras que esta última construía una verja a lo largo de su frontera con Serbia. Incluso Dinamarca y Suecia incrementaron sus controles fronterizos para reducir la afluencia de inmigrantes. Cuando Copenhagen adoptó la infame ley que permitía confiscar las joyas de los solicitantes de asilo para financiar sus gastos, saltaron todas las alarmas.

Con el cierre de fronteras dentro de la Fortaleza Europa, la acumulación de inmigrantes especialmente en el mar Egeo entre Grecia y Turquía fue in crescendo, lo que hizo clamar al Presidente del Consejo Europeo Donald Tusk en unas declaraciones recientes: “!No vengan a Europa! ¡No pongan en riesgo sus vidas y sus patrimonios!”  Estas declaraciones seguro que hicieron revolverse en sus tumbas a los fundadores de la UE. El objetivo por construir una Europa abierta y multicultural, democrática y pacífica se había esfumado. En su lugar, el nuevo plan contempla el retorno forzoso de refugiados a través de los mares escoltados por navíos de guerra de la Alianza Atlántica, con Grecia como parada intermedia y Turquía como sala de espera.

Oposición anti-UE

De acuerdo con un informe del Consejo Europeo, el restablecimiento de los controles fronterizos dentro de la zona Schengen podría repercutir en una reducción del producto agregado económico de la UE en un entorno de entre 500.000 millones y 1,2 billones de euros. En 2010, esta única consideración hubiera desatado un gran debate social dentro de la UE. Pero actualmente, los titulares están copados por temores de tipo no-económico, por enfrentamientos políticos y por preocupaciones de carácter étnico y religioso. Como corolario, el apoyo popular a las políticas de Merkel y otros integracionistas europeos se ha debilitado en el conjunto de la región. Mientras persista la crisis migratoria, ello alimentará la pujanza de un sentimiento anti-UE en diversas facciones de todos los viejos partidos.

La canciller Merkel ha advertido que los controles fronterizos pueden dar lugar potencialmente a una fragmentación de la UE “en pequeños Estados”, que no estarían bien equipados para hacer frente a un mundo globalizado. De hecho, contando con más de 500 millones de habitantes, una Europa verdaderamente integrada podría absorber entre dos y tres millones de refugiados. En el corto plazo, este flujo de inmigrantes daría lugar a un modesto incremento del PIB, especialmente en los principales países de acogida (Alemania, Suecia, Austria) y estimularía a la estancada economía de la región, con su  demografía envejecida. El efecto de crecimiento a medio y largo plazo dependería de la integración de los refugiados en el mercado laboral.

Sin embargo, en la ausencia de instituciones comunes verdaderamente empoderadas, el flujo de inmigrantes en Europa está socavando el tratado de Schengen, teniendo un efecto desintegrador de la UE, inflando las diferencias entre los Estados miembros e impulsando el apoyo a posiciones euro-escépticas. Por poner varios ejemplos, la postura del derechista Partido de la Libertad de Heinz-Christian Strache, la del Presidente de Chequia Milos Zeman, la del Frente Nacional de Marine Le Pen y, finalmente, la del cada vez más xenófobo partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán). La postergación de la toma de decisiones hace que crezca el apoyo a tesis radicalizadas y anti-UE. En las recientes elecciones regionales en Alemania, la AfD ha asestado un duro golpe a la coalición entre democristianos y socialdemócratas, a la vez que ha abierto un debate dentro de la Unión Democristiana sobre la idoneidad de Merkel para repetir como candidato a canciller en las elecciones federales de 2017. En Europa del Este y los Balcanes, Schengen ya es prácticamente historia dado que las vallas imperan en casi todos los países.

Sin embargo, tachar a todos los partidos de la oposición de “populistas”, o dedicarles calificativos aún peores, no mitigará la realidad de las cuestiones que hay que abordar, como el desempleo, la desigualdad salarial y el temor a los extranjeros. Si el centro moderado es incapaz de liderar la búsqueda de soluciones para salir del estancamiento económico, entonces siempre habrá otros grupos no tan moderados para ofrecer sus alternativas.

Desavenencias geopolíticas

En marzo de 2014, Washington y Bruselas acordaron la imposición de sanciones contra Rusia en respuesta a los acontecimientos en Crimea y el este de Ucrania. Abrigaban la esperanza de que las sanciones y la crisis ucraniana echarían por tierra las políticas de Putin y estimularían la economía de aquel país. En realidad, Ucrania está al borde del default, mientras que las sanciones han conseguido aunar a los rusos detrás de Putin, cuyo rating de popularidad asciende al 83%.

Los críticos de las sanciones sostienen que el objetivo último de la entente Estados Unidos-Unión Europea no es fomentar políticas pro mercado en Rusia, sino ensombrecer el futuro económico de Rusia con una nueva guerra fría. Mientras tanto, las sanciones han agudizado el estancamiento europeo y han mermado el impacto de las políticas fiscales de la eurozona y la efectividad de la política de flexibilización cuantitativa (QE) del BCE. Todo ello ha repercutido en un menor crecimiento global.

La confrontación entre Rusia y Ucrania también es un reflejo de la cada vez mayor asertividad europea, que ha sido particularmente notoria en las intervenciones de varios Estados miembros de la UE con motivo de los acontecimientos relativos a la Primavera Árabe. A principios del nuevo milenio, el entorno del Presidente George W. Bush creía que la Guerra de Irak conseguiría un virtuoso efecto de dominó en la región, sustituyendo a los “tiranos autoritarios” por “genuinos demócratas”. A principios de la segunda década del milenio, Francia, Gran Bretaña y la OTAN intentaron forzar cambios de régimen en  países de la periferia del sur de Europa. Fueron estos años de políticas equivocadas en Oriente Próximo y el norte de África, junto con la falta de voluntad para cooperar con la Rusia de Putin, en que se intensificó la desestabilización de toda la región y la crisis migratoria que ahora Bruselas trata de contener en la periferia (Grecia, Turquía).

Eclipse del efecto monetario

Actualmente, la razón principal de la aparente estabilidad de las economías europeas se debe a la actuación del BCE, que –después de las desastrosas subidas de tipos de interés de Jean Claude Trichet- optó por ejecutar una política monetaria no convencional, al estilo de la practicada por la Reserva Federal en Estados Unidos. Desde el otoño de 2011, la promesa de Mario Draghi de “hacer todo lo posible” por salvar el euro ha generado una cierta calma escurridiza, gracias a tipos de interés en mínimos históricos y varias rondas inyección masiva de dinero (QE). Aún así, la realidad es la que es, con un euro que ha perdido un 23% de su valor contra el dólar, desde la cota del 1,45$ a la de 1,13$ actual aproximadamente.

Recientemente, el BCE lanzó un agresivo plan de medidas de relajación monetaria, recortando aún más los tipos de interés y ampliando el programa QE de compra de bonos y otros activos hasta 80.000 millones de euros al mes. Pero estas nuevas medidas ya apenas han repercutido en los mercados. Tal como le pasó al entonces presidente de la Reserva Federal Bernanke tiempo atrás, Draghi ha tenido que reconocer que las políticas monetarias no-convencionales no pueden ocupar el lugar de las verdaderas reformas estructurales. Para ello es necesario el funcionamiento de fuertes instituciones comunes de las que Bruselas aún carece. La incertidumbre económica, las divisiones políticas y las desavenencias estratégicas probablemente sigan agudizándose como resultado del creciente pesimismo del mercado. Y el BCE se va quedando casi sin alternativas válidas por haber ido agotando todas las herramientas de policía monetaria.

Recientemente los bancos de la eurozona han sido golpeados por una serie de shocks: la preocupación de los mercados por la rentabilidad futura del negocio bancario ha desencadenado la venta masiva de las acciones de los bancos. En Italia, los créditos morosos de los bancos ha seguido creciendo, lo que ha dado lugar a la toma de medidas extraordinarias para “resolver el problema” de algunos bancos locales. Los bancos franceses sufren como consecuencia de los tipos de interés ultra bajos. En Alemania, Deutsche Bank ha registrado una pérdida de 6.800 millones de euros en 2015, tras ser protagonista de una serie de escándalos y litigios, mientras que los Landesbanken (bancos públicos regionales) afrontan circunstancias de mercado adversas. Muy endeudados, los bancos españoles mantienen también  altos niveles de créditos morosos.

Mientras crece la debilidad de los bancos de la eurozona, va a ser difícil que puedan soportar políticas de relajación monetaria aún más agresivas por parte del BCE. Por la misma razón, no se puede excluir el estallido de una crisis bancaria sistémica, junto con repercusiones políticas negativas.

Crisis del riesgo soberano

La erosión continua de Europa no es algo inevitable. Actualmente, las condiciones financieras y monetarias de la eurozona reflejan de hecho una ligera mejoría, lo que sugiere que la región experimenta una cierta recuperación. Sin embargo, los indicadores económicos indican que el crecimiento se está ralentizando, como consecuencia de las nuevas amenazas que se ciernen sobre la región, así como del peso de las antiguas.

Si el BCE persiste en su política de relajación monetaria BCE, perdura la fragilidad del sistema bancario y Bruselas es incapaz de desactivar las nuevas amenazas, la solvencia crediticia soberana de Europa se puede ver negativamente afectada.

Un Brexit podría provocar una bajada de la calificación crediticia (downgrade) del Reino Unido, y a la vez dar alas a movimientos separatistas en lugares como Escocia y Cataluña. Además, un paso así desplazará el foco de atención hacia los países débiles del sur de Europa y pondrá en cuestionamiento las grandes economías con mayor endeudamiento (Francia, España), así como los países de Europa central y del este, que se benefician de una mejor calificación crediticia gracias a su pertenencia a la UE. De los 19 países de la eurozona, 16 tienen grado de inversión, tres no alcanzan esta calificación (Portugal, Grecia, Chipre) y dos se encuentran bajo perspectiva negativa (Francia, Finlandia). Un Brexit causaría una tal conmoción que seguramente las calificaciones crediticias de varios países serán revisadas a la baja y varios de ellos pueden perder, además, el grado de inversión.

La crisis migratoria ha exacerbado el debate sobre el Brexit y está alimentando el deterioro de Schengen, la oposición anti-UE y las desavenencias geopolíticas: ¿es previsible una cierta relajación de esta escalada en un futuro no lejano? A medida que se erosionaba el apoyo a Merkel en Alemania, la Canciller intentó llegar a un acuerdo con Turquía, país que ya alberga a 2,7 millones de refugiados que han huido de la guerra civil siria. Recientemente la UE y Turquía alcanzaron un acuerdo que obligará a los solicitantes de asilo clandestinos (de los cuales el 40% son niños) a ser devueltos a Turquía. A cambio, Turquía recibirá una ayuda de 6,6 mil millones de euros, la exención de visado a los turcos que entren en la zona euro y la eventual reanudación de la negociación sobre su adhesión a la UE. Este acuerdo ha sido denunciado como poco práctico, de dudosa legalidad, difícil de ejecutar e inhumano.

En el corto plazo, una coordinación de las políticas de inmigración podría proporcionar un impulso temporal a varias economías de la UE, a la vez que paliar de alguna manera el impacto negativo del envejecimiento de la población. A medio plazo, unas políticas más conciliadoras con Rusia y Ucrania, Siria y el Oriente Próximo contribuirían en gran medida a reducir las tensiones. Pero, a medio plazo, en la ausencia de políticas de inmigración creíbles y coordinadas, se seguirá produciendo un flujo descontrolado de inmigración erosionando aún más Schengen, fortaleciendo a las fuerzas anti-UE y contribuyendo a mayores desencuentros geopolíticos dentro y alrededor de la periferia de Europa, especialmente en Grecia, que padece una Gran Depresión, y en Turquía, que se enfrenta a grandes conflictos dentro y fuera de sus fronteras.

¿Y si estos fueran los “mejores años”?

Aunque el potencial de crecimiento de Europa ha disminuido significativamente en el último lustro, la economía se beneficia de unos tipos de interés en mínimos históricos, de varias inyecciones gigantes de dinero (QE), del derrumbe de los precios del crudo y de un euro más barato. Si realmente estos son los “mejores años” de la recuperación, nos preguntamos qué sucederá cuando Europa tenga que afrontar “años malos” en el futuro.

La economía europea necesita políticas fiscales más acomodaticias y mayores niveles de inversión para que el cansino crecimiento se convierta en una recuperación estructural. Efectivamente, solamente reformas estructurales podrán consolidar el futuro de Europa, con o sin el euro. A medio plazo, la incertidumbre económica de la región seguirá siendo alimentada por la renqueante recuperación americana, la contracción de Japón y la desaceleración china.

En una perspectiva a muy largo plazo, lo que estamos presenciando es una erosión constante del poderío económico de Europa, de su influencia política y de su peso estratégico. Hoy en día, Europa todavía suma el 24% de la economía mundial. Como parecen indicar las proyecciones a largo plazo, esta ponderación probablemente habrá caído a la mitad en 2050, en parte debido al estancamiento secular de la región y al crecimiento más rápido en términos relativos de las economías emergentes.

Sin embargo, la pérdida de peso de Europa en la economía mundial puede acelerarse o desacelerarse. El último lustro muestra el potencial de desaceleración, que ha empujado Europa al borde del precipicio. En los próximos meses, el desafío consistirá en detener e invertir esta trayectoria. Cuanto más se aplacen las decisiones en Bruselas y en los principales países de la UE, más difícil se hará el desafío.

 

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