Ucrania ¿cómo hemos llegado a esto?

Luis Fontes de Albonoz

Reproducimos a continuación el excelente artículo del diplomático español y colaborador habitual del diario digital El Confidencial , José Zorrilla,  sobre la crisis de Ucrania. No es fácil encontrar un análisis tan claro y ponderado de esta crisis, que involucra de lleno a la Unión Europea, a Estados Unidos y a Rusia, aparte de los propios ucranianos, como el de José Zorrilla en esta colaboración. Sin posturas previas ni sesgos partidistas, Zorrilla va desgranando los intereses de unos y otros, y los desafíos para todas las partes implicadas. Se lee rápidamente. No todos salen bien parados. Lean y juzguen.

jose-zorrilla

José Zorrilla, en El Confidencial

Ucrania es un estado fallido. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? He aquí un breve apunte sobre los antecedentes de la crisis:

Una iglesia ortodoxa dañada por el fuego de artillería en Donetsk, en el Este de Ucrania (Reuters).
Una iglesia ortodoxa dañada por el fuego de artillería en Donetsk, en el Este de Ucrania (Reuters).

Mi pasado artículo sobre el referéndum holandés y Ucrania se siguió con interés y provocó cierta controversia. Sin ánimo de agotar el tema, vuelvo al mismo con un brevísimo apunte sobre los antecedentes de la situación. Disculpe el lector simplificaciones y omisiones. En este formato son inevitables.

Cuando la URSS implota y a Ucrania le llega la independencia no hay bases sociales que la apoyen, como si las hay en la Europa Oriental ocupada. En Ucrania solo existen dos minorías antisoviéticas, ambas irrelevantes: los nacionalistas ucranianos y los disidentes. Ante el nuevo país se abre el reto de construir un Estado y una nación.

El Estado no se puede construir, porque su esencia fundacional es el reparto de los despojos entre Moscú y Kiev, lo que se llama “transición horizontal”, o acuerdo entre las elites sin presencia de la ciudadanía. En cuanto a la construcción nacional, el asunto es todavía más complicado. El territorio de Ucrania es muy reciente (2014), cosa normal porque el país ha cambiado de frontera diez veces en cien años. Todo el Oeste, capital Lvov, solo es Ucrania desde que Stalin lo incorpora en 1939. Crimea, un regalo de Kruschev en 1954.

En ese territorio, las lealtades son distintas. Más occidentales en el Oeste y más rusas según se va hacia el otro extremo del país, con Odesa como lugar especial. Eso no plantea problemas de convivencia en un primer momento. Más tarde, el reto de crear un Estado va a polarizar a la ciudadanía. Es lo normal cuando un Imperio se rompe en estados nacionales, como se comprobó tras la I Guerra Mundial. En un Imperio hay que ser leal al soberano; en un estado-nación hay que ser leal a la lengua nacional, al territorio y al relato, lo que implica violencia contra los rebeldes y hasta destrucción o asimilación si el territorio es plural en lealtades. Brubaker lo explicó muy bien.

Y eso es, más o menos, lo que empieza a suceder en Ucrania cuando se impone la lengua ucraniana, se prohíbe el ruso, se levantan estatuas al colaboracionista Stepán Bandera y empieza a declararse a Rusia como el peor enemigo del nuevo país, lo que equivale a declarar enemigos a una parte importante de la población nacional.

Miembros del Sector de Derechas durante una marcha de grupos de extrema derecha, entre ellos Svoboda, en Kiev (Reuters)
Miembros del Sector de Derechas durante una marcha de grupos de extrema derecha, entre ellos Svoboda, en Kiev (Reuters)

Los pilares del relato

Tres son los grandes pilares del relato (no los únicos) a los que se exige aquiescencia. Uno: el principado Rus, con capital en Kiev, no es el origen de Rusia sino de Ucrania pues en Crimea, hoy Ucrania, se bautiza Vladimir, primer príncipe cristiano. Cuando hay que huir ante el empuje mongol, Ucrania se queda en el Oeste y Rusia va a protegerse a los bosques de Moscú.

Dos: Stepán Bandera no es el criminal de guerra colaboracionista y genocida que nos presenta la propaganda soviético/rusa, sino un patriota que primero lucha con los alemanes contra la URSS para conseguir la independencia de su patria y luego lucha con los alemanes para defenderla de la invasión rusa.

Tres: la hambruna de 1932/1933 (Holomodor) es un genocidio dirigido por Stalin contra el pueblo ucraniano por su nacionalismo -nada que ver con la colectivización que mató de hambre a media Rusia-. Ninguno de estos tres capítulos despierta unanimidad entre los especialistas y el debate es encendido. El tema dista, por cierto, de ser solo académico. Putin se ha negado a transferir a Ucrania los archivos rusos sobre la antigua república soviética.

Entra en liza EEUU. Brzezinski defiende que la periferia rusa son unos nuevos Balcanes donde deben asentarse los Estados Unidos y asegura que Rusia sin Ucrania es una potencia provincial asiática. Empieza el acoso. Se extiende la OTAN, se desmiembra Serbia (Kosovo), se pone fin al acuerdo de la crisis de los misiles de 1962 con despliegue de misiles de alcance medio en la periferia rusa, y se intenta un cordón sanitario, vía bases militares. El cordón sanitario fracasa.

Segundo intento, la diplomacia pública llevada a sus últimos extremos, Soros y sus “Revoluciones de colores”. Fracaso en Kirguistán, pelota en el alero en Georgia y en Ucrania, caos. Durante toda la historia de la República el hilo conductor ha sido la corrupción, ya se han dicho los motivos. Hartos de ella, Ucrania se entrega al prorruso Yanukovich y el voto es significativo. Si se traza una línea que vaya de Kharkov a Odesa, el 65% del voto al Este es para Yanukovich. Al Oeste para Julia Timoshenko. Hay dos puntos extremos en geografía y opiniones. Donbass y Lvov. El 95% de los votos del Donbass en para Yanukovich. En Lvov, el 95% es para Timoshenko.

Yanukovich despoja a Bandera de su título de “Héroe de la patria ucraniana” pero el país le debe poco más. Finalmente, le derrota una algarada popular llamada ‘Maidán’, pagada por Soros.

Miembros del Sector de Derechas durante una marcha de grupos de extrema derecha, entre ellos Svoboda, en Kiev (Reuters).
Miembros del Sector de Derechas durante una marcha de grupos de extrema derecha, entre ellos Svoboda, en Kiev (Reuters).

Putin, harto de la extensión de la OTAN en su periferia, el intento de cordón sanitario, los misiles de alcance medio, el bombardeo y desmembramiento de Serbia y las “Revoluciones de colores”, invade Crimea, donde el sentimiento prorruso es ampliamente mayoritario, y aduce Kosovo como precedente. El Este (Donbás) se subleva con la ayuda e intervención de Rusia.

Llegan los proamericanos con el tándem Yaltseniuk / Poroshenko y, con ellos y en socorro del sistema, extranjeros complacientes. La americana Natalie Jaresko (Finanzas), el lituano Aimaras Abramavicius (Economía) y el georgiano Michail Sakahsvilil (Odesa). Los dos primeros dimiten y con ellos el primer ministro Yaltseniuk, aduciendo la imposibilidad de vencer a la corrupción. Sakashvili no ha dimitido pero ha tenido graves encontronazos con la élite nacional, incluso en la Rada, y ‘Foreign Policy’ le ha dedicado un artículo demoledor. Por tanto, no parece que tampoco haya funcionado la conexión georgiana. En cuanto al índice de aprobación de Poroshenko, roza el 20%. Sin embargo es vital el consenso político para federalizar el Este, caso contrario no se cumplirá Minsk 2 y seguirá la guerra en el Donbás, que sostiene sobre todo la extrema derecha filonazi aunque de manera profesionalmente incompetente. Dejando eso aparte, está siempre el peligro de que, si sigue el caos, esas milicias (que no paga el Ministerio de Defensa) se vuelvan contra Kiev.

En el orden económico, la inflación es del 43% y el PIB ha caído al 25%. Por otra parte, desde enero Ucrania está oficialmente en quiebra por no haber pagado una deuda de 3.000 millones a Rusia. La UE se negó a avalar la reestructuración que solicitaba Moscú. A la vista de la situación, el FMI solo está dispuesto a ayudar a Kiev si se cumplen condiciones objetivas y tasadas: poner fin a la corrupción. Es una idea excelente, esperemos que funcione. Por el momento, estamos ante un estado fallido.

Vayamos a las consecuencias para la UE. Tenemos, en el Oeste, el ‘Brexit’. En el centro, la relación franco alemana está en crisis, pues los fundamentales de ambos países divergen cada vez más. Y como no hay manera de mutualizar economía (Alemania) y estrategia (Francia) se sigue de ello una inestabilidad estructural gravísima. Alemania es fuerte pero no quiere liderar. Francia quiere liderar pero no es fuerte. Recuerda el vacío estratégico de entreguerras. EEUU era fuerte pero aislacionista, UK sacaba pecho pero no era nada. Lo que ello trajo no hace falta recordarlo. Además, el euro nos ha roto en Norte y Sur.

Y por si todo esto fuera poco, hay que añadir la miseria de Europa Oriental, en plena efervescencia antiliberal, belicista, antirusa e hipernacionalista con vclaros tintes pronazis en muchos de sus estados. Ucrania va a ser un refuerzo importante de ese frente del agravio, lo que acrecentará la falla Europa Occidental / Europa Oriental (si es que la UE sobrevive a algún cisne negro o aleteo de mariposa). Pero la UE está obligada a ser la cara ‘light’ de la hostilidad atlántica contra Rusia: es el precio de no tener un número de teléfono en Bruselas ni una fuerza militar propia.

Sin embargo, el reto más difícil es para Alemania. Quiere ser hegemónica en el Este y conseguir con Ucrania una nueva maquiladora, pero no puede desairar a Moscú ni tampoco a Washington. La cuadratura del círculo. Para Washington la operación contra Rusia también ha tenido efectos demoledores. Fin de toda esperanza liberal en Rusia al menos para una generación: Putin tiene detrás al 80% de los rusos y, lo peor de todo, se cimienta la amistad estratégica ruso-china, lo que pone fin a la política de equilibrio chino-ruso que inauguró Nixon en 1970. Por otra parte, el giro americano al Pacífico se ha quedado a medio camino y la confrontación nuclear, el calentamiento global o el terrorismo islamista esperan una reconciliación que no llega. Tal es el problema que tanto Kissinger como el propio Brzezinski han pedido cerrar el dossier “destruir a Rusia”, llegar a un acuerdo sobre Ucrania y volver a empezar.

Veremos si se impone la razón, aunque no soy muy optimista. El presupuesto del Pentágono para Europa ha pasado de 789 millones a 3.400 millones y eso es un argumento que no atiende a razones. Termino con una cita de mi admirado Kennan: “Si mañana se hundiese la URSS bajo las aguas del océano, el complejo militar industrial americano tendría que sobrevivir, sustancialmente como ahora, hasta que pudiese inventarse algún otro adversario. Cualquier otra solución sería un shock inaceptable para la economía americana”. Tsunamis, ‘welcome’.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s